Las lijas son metáfora de la resignificación. Nos invitan a desprendernos de aquello que ya no nos sirve, a pulir lo que se volvió áspero o doloroso. Con ellas, lo feo encuentra una nueva forma, lo opaco se transforma en algo más bello. En la vida también nos vamos puliendo: retiramos capas, suavizamos heridas, y aunque nada de lo vivido desaparece, lo podemos llevar de otro modo. Esa huella no se descarta, se resignifica.
En Soy una libélula la piel aparece como un territorio sensible, un lugar donde el roce podía sentirse como lija: áspero, hiriente, difícil de soportar. Pero, igual que la libélula simboliza la transformación, ese dolor fue también un proceso de cambio. Lo que en un inicio parecía desgaste se convirtió en un pulido que me llevó a descubrir nuevas capas de belleza y fortaleza.
De allí surge también la idea del collage: nunca nos transformamos de golpe, siempre en fragmentos, en pedacitos que volvemos a unir para armar algo nuevo. Es un gesto similar al arte japonés del kintsugi, donde lo roto no se esconde sino que se repara con hilos de oro, para volverlo más valioso. Así, nuestras cicatrices, lejos de ser marcas de pérdida, se convierten en testigos de un proceso de resignificación.



