Proyecto 100

Acompañando con mi cámara a los bomberos voluntarios, descubrí mucho más que escenas de acción y uniformes. Descubrí una gran familia. Una familia con jerarquías claras, pero con un profundo sentido de horizontalidad, respeto mutuo, formación constante y una educación que se transmite no solo en palabras, sino en cada gesto.

Conocí historias que se entrelazan como el fuego y el agua. Algunos llegaron por tradición: son hijos, nietos o sobrinos de bomberos. Otros, por amigos que los invitaron a sumarse. Y están quienes desde pequeños soñaron con serlo, como la primera mujer conductora de autobombas del cuartel. Me contó que cuando era chica, veía pasar el camión que manejaba el papá de una amiga, y se le quedó grabada esa imagen como un deseo en el corazón. Años después, se convirtió en quien maneja ese camión.

También me encontré con quienes, gracias a su paso por bomberos, descubrieron su vocación profesional: hoy son médicos, enfermeros, especialistas en seguridad e higiene. Escuché historias de quienes encontraron en esta vocación un camino, un propósito, incluso una salvación. Algunos dicen, con emoción, que los bomberos los “rescataron” en más de un sentido.

Hay quienes perdieron hijos, y quienes encontraron una nueva familia. Vi el dolor en sus rostros al volver de un servicio difícil, y la contención amorosa de sus compañeros e instituciones. Vi cómo se cuidan entre ellos, cómo respetan la voz de mando, no por obediencia ciega, sino porque en una emergencia, esa coordinación puede salvar vidas.

Amé ver a los perritos entrenar. Tanto ellos como sus entrenadores se esmeran en dar lo mejor. Me conmovió especialmente conocer la historia de Ringo, el perro rescatista que se retiró el año pasado. Fue él quien, en un operativo de búsqueda, logró encontrar el cuerpo de Santiago Maldonado. Más allá de cualquier contexto, se trataba de una persona que pudo ser hallada y, gracias al trabajo de Ringo y su equipo, su familia tuvo una respuesta y un cierre posible. Ese también es el valor profundo del servicio que brindan.

Aprendí que ser bombero no es solo ponerse un casco o un estructural. Es entregar el tiempo, el cuerpo y hasta la vida al servicio de los demás. Sin esperar nada a cambio. Esa entrega es un ejemplo profundo de lo que significa ser comunidad: ofrecer una parte de uno mismo para ser uno con todos.

Ojalá esta muestra no solo divulgue el trabajo de los bomberos, sino que nos contagie —aunque sea un poco— esa vocación de servicio. Y que, inspirados por ellos, podamos construir entre todos una sociedad más empática, más unida, más humana.

Ah, y no olvidemos lo más importante en una emergencia: para ganar tiempo, marquemos el 100.