Mi piel es una barrera perfecta, capaz de percibir millones de sensaciones. Pero me
duele.
Me duele como si cada experiencia fuera una pequeña herida en su superficie. Construí esta
barrera a base de vivencias y la fui moldeando según era mi percepción del mundo. Y en ese
proceso algunas emociones se quedaron estancadas. Dan miedo y lastiman.
Mi piel se fue transformando, adquiriendo nuevas texturas, como la metamorfosis de una
libélula que nace en un pantano nebuloso y al crecer toma vuelo. Hoy Mi vuelo se parece al de
ellas, frágil y vulnerable, pero también majestuoso. Volando observo el mundo, preveo tormentas
y siento cada cambio que hay en el aire.
Así como una libélula pone su cuerpo yo también pongo el mìo.
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